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EL DOLOR EN EL PAÍS DE LA ETERNA PRIMAVERA

CRÓNICA DE LA ATENCIÓN SANITARIA DE UNA ONG JIENNENSE
La vida en las aldeas indígenas de Patzún (occidente de Guatemala) no es fácil. Los guatemaltecos están condenados nada más nacer, sobre todo, si se es mujer. La realidad educativa y sanitaria es deprimente.

Si la criatura que nace es un varón, las comadronas o parteras de las aldeas indígenas de Patzún (en el occidente de Guatemala) cobran unos 200 quetzales (veinte euros); si es mujer, hacen un gesto de contrariedad a la familia y aceptan como propina la voluntad. Nada más nacer, la vida empieza a teñirse de luto para todos los guatemaltecos; si es mujer, el negro es más intenso y precipitado, casi de mortaja.

María Candelaria, por ejemplo, no quiere ni oír hablar de hombre, ni mucho menos sueña con casarse algún día, los odia: su madre, cuando era niña, fue violada por el abuelo hasta el punto de haber tenido siete hijos de su propio padre; hace unos días ha muerto de un cáncer encefálico dejando otros 6 hijos más, éstos de un marido ya muerto por alcoholismo. Ella, se encarga ahora de medio cuidar y mal alimentar a los hermanos. La más pequeña sonríe sobre una alfombrita en el orfanato "Corpus Christi" que regenta la hermana Reina, franciscana. Esperamos a que termine de hablar con un joven de raza quiché, triste y cabizbajo. Tras el saludo, y a lo largo de la conversación nos dará la clave de la última visita: "Ha venido a traernos a su hijita recién nacida. Ayer murió de parto su esposa y él no puede mantenerla". Aquí la vida está en manos del abandono y de la muerte, y estos son unos dueños muy exigentes.

Hospital de Jutiapa.

El único Hospital del departamento o provincia de Jutiapa (en el Oriente de Guatemala), al que pertenece la municipalidad de Quesada, atiende a una población de trescientos mil habitantes en menos de 200 camas. Cuando nos bajamos del coche con intención de visitarlo, ya la noche tizna su cara: ni una luz eléctrica ilumina la fachada de su única planta. La que recibe la calle la proporcionan cuatro comercios de cajas fúnebres que exhiben su producto, en oferta, clasificado en tallas: hay cajitas blancas de todos los tamaños; la guadaña de la muerte parece cosechar frutos muy tempranos. Sólo otro negocio incrusta una modalidad entre ellos: es la sala de velaciones " La Gloria ". Enfrente, a un paso de " La Gloria " está el hospital. Antes de entrar, dejamos salir a una destartalada camilla sobre la que yace un cadáver tapado con una manta.

Después de más de media hora de espera, pacientes y cansados tras un largo día de trabajo, el director del hospital accede a recibirnos. Esta noche está de guardia junto a otros dos compañeros. Le informamos de los objetivos y ámbito de nuestra ONG y accede a mostrarnos el hospital no sin cierta sorna: "Por aquí pasan bastantes como ustedes, que prometen ayudarnos en algo o volver de nuevo; pero olvidan pronto sus palabras". Y comienza una visita por los barracones de las diferentes salas: por los suelos que no están encementados circulan las cucarachas con la misma facilidad con la que también lo hacen por otras salas de baldosas desgastadas; las paredes desconchadas, con una viejísima pintura, muestran grietas profundas que descienden caprichosas como las líneas de los mapas; las "cortinas", parecen ser trozos de sábanas viejas, pendientes de unas anillas oxidadas; En algunas de las camas metálicas se ven dos enfermos compartiendo una sola; una bombilla desnutrida pone el punto luminoso en unas salas mientras que en otras lo hace una raya pálida que parpadea. Los enfermos, todos a lo largo de una sala corrida y sin separación, reposan en la paz de un colchón de borra. El instrumental es básico y aguarda al aire libre en estanterías repintadas. No vemos personal de limpieza: debe ser porque las sombras hacen el turno de la noche o porque no es necesario más que las tres horas al día en que el hospital "goza" de agua corriente. "Esas dos vitrinas nos las regalaron miembros del ejército americano una vez que pasaron por aquí", comenta el director cuando nos sorprendemos del único mobiliario moderno que encontramos en el hospital. Al despedirnos recogemos el alma que hemos ido arrastrando por los suelos. El director se sincera con nosotros: "A lo mejor una buena reforma podría dignificar el edificio". Francisco Vico, el médico jiennense que va a su lado junto a dos odontólogas vascas, lo tiene más claro: "La pala, meter la pala es la única solución". Y prometemos al director que nuestra ONG no podrá realizar intervenciones en ese hospital mientras no reúna las condiciones mínimas. Cuando salimos, a las diez de la noche, nos vuelven a iluminar las tiendas de cajas fúnebres: las miramos y parece que les vemos dentro algunos rostros que antes hemos visto encamados.

Sólo se puede construir reconstruyendo un sistema sanitario tan anacrónico y levantando un andamio de solidaridad internacional que, coordinado por el propio gobierno del país siente las bases de una revolución sanitaria. Una cosa hemos sacado clara: desde el consultorio de nuestra ONG los enfermos de Quesada no serán remitidos al hospital de Jutiapa; si han de necesitar intervenciones quirúrgicas serán derivados al hospital de las Obras Sociales del Hermano Pedro, en Antigua, aunque haya que pagar el viaje al enfermo y la estancia a sus familiares.

El consultorio.

El domingo día 26 de septiembre, se inauguró la ampliación del consultorio de atención Primaria que nuestra ONG mantiene activo doce horas diarias, de lunes a viernes, durante todo el año. En él se atiende gratuitamente, desde hace dos años, a cualquiera de los tres mil habitantes de la municipalidad de Quesada que carecen de recursos. Unos días se trabaja en el propio consultorio; otros, el doctor D. Ludwig Sagché y su auxiliar Flori (profesionales guatemaltecos, también contratados por la ONG ) se desplazan a las aldeas para atender a los habitantes que aguardan su llegada, coordinados por los líderes comunitarios. Es esta infraestructura de atención el núcleo principal y aglutinador de nuestra atención solidaria. Alrededor de 60 quesadeños son atendidos diariamente durante todo el año. Estos días, sin embargo, la atención se ha multiplicado: Francisco Vico ha compartido servicios con su compañero guatemalteco; además, dos odontólogas de la ONG vasca D.O.A. (Salud para todos) han estrenado la ampliación atendiendo a la patología dental de unas cuatrocientas personas: una atención, ésta última que, con otros odontólogos vascos, mantendrá su continuidad hasta finales de este mes de octubre. La segunda función importante que se lleva desde el consultorio es el envío al Hospital de la Obra Social del Hermano Pedro de aquellos enfermos que necesitan intervención quirúrgica urgente, así como de la selección de pacientes que pueden esperar para ser operados durante la estancia en Antigua del equipo quirúrgico de la ONG.

Un hospital digno.

Los enfermos de Quesada son atendidos en este dignísimo hospital fundado por el franciscano Fray Guillermo Bonía hace ahora 25 años. Está coordinado por frailes y monjas también franciscanas, y en él trabajan 12 sanitarios y unos 150 auxiliares y cuidadores. Enormes colas de pacientes enfermos, en un silencio sobrecogedor y una paciencia atemperada en las aguas de la esperanza, aguardan su atención o ingreso. En estos días, en los que el equipo médico de la ONG ha trabajado de solo a sol, la masificación no ha tenido más remedio que soportarse; pero en nada ha disminuido la calidad y generosidad de un servicio ejemplar en unas condiciones, aquí, sí, dignas y limpias a pesar de la pobreza que rezuman.

Conclusión.

El 1 de octubre acabó nuestra presencia en esta zona guatemalteca donde actúa la ONG. Nos sentimos orgullosos del trabajo realizado en estas dos semanas como felices por haber alcanzado todos los objetivos previstos para este viaje. Pero también nos sentimos dolorosamente conscientes y abatidos: la realidad educativa y sanitaria guatemalteca y, concretamente en Quesada, es tan deprimente que, a veces, pensamos que esto no tendrá una solución definitiva si no ocurre una transformación radical de las estructuras políticas, administrativas y culturales de este país. Hasta entonces quizás sólo se pueda hacer lo que estamos haciendo: calmar la sed a vasitos de agua hasta que se construya el embalse socioeconómico que garantice el digno futuro que este país reclama a gritos desde los ojos esperanzados de unos niños y unos jóvenes que no alcanzan a ver nìtidamente un cambio próximo. En ellos está el futuro y el progreso de este país, a ellos ha de ir nuestro esfuerzo solidario. El nuestro y, esperamos, el de toda la sociedad jiennense.