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El testimonio de un voluntario

Cuando el autobús de Quesada quiso entrar a la calle Federico del Castillo, a las 6,30 del pasado lunes, para acceder a la cochera donde aguardaban 69 paquetes de material sanitario y pedagógico para traer a Antigua y a la municipalidad guatemalteca de Quesada, no lo pudo hacer: los coches aparcados no lo permitían. Hubo que acercarlos al autobús en coches y a mano. Ruido de maletas por la calle: más de un vecino recordó que eran las seis y media de la mañana. Pero, algunos ya llevábamos los relojes en otra hora. O con la ruedecilla preparada para ir cambiando de hora a lo largo del día. A las 7 enfilamos el Gran eje hacia el aeropuerto de Granada: el miedo y el nerviosismo a que no aceptaran el sobrepeso o nos hicieran pagar lo indecible, se reflejaba en todos los rostros. El viaje anterior hizo de Barajas un infierno. Si el sobrepeso era visionado con la vista gorda, no habría problemas hasta Miami. Los controladores de Iberia se hicieron cómplices, se hicieron solidarios: hay muchas formas de colaborar con esta ONG. 1.100 kilos facturados. Ya en el avión, el comandante de vuelo saluda a la ONG y le felicita por su compromiso. Los que la vez anterior salieron de Barajas no daban crédito, todavía tenían ardores de esa vez. El avión despega a las 12.35. En el vientre de ballena de ese avión de Iberia van 400 personas con su equipaje..y nuestros paquetes: es el Tirso de Molina de Iberia, el más grande. El día es espléndido hasta sobrevolar Galicia. El Atlántico, sin embargo, está cargado de nubes.


De Madrid a Miami tardamos 9 horas. Cuando llegamos eran las 15.20, nos habían dado de cenar en el avión y ahora resulta que descendemos en la sobremesa. En el avión nos han dado unos formularios rigurosos que hemos de cumplimentar si no queremos tener problemas en el control de pasajeros del aeropuerto de Miami, en el que todo es silencio y control. No se escuchan ni los pasos, están cubiertos de moqueta por todos los suelos. La gente habla bajo, muy bajo. Respeto o miedo a tener algún problema. Nuestro problema ya no está en los pasaportes ni en los formularios, está en los contenedores. Repletos de medicinas y material quirúrgico, tememos que los abran y los retengan. No tenemos muchas ganas de reír, pero un chiste de Manolo nos obliga a hacerlo tan ostentosamente que la gente mira al grupo con asombro. A las 17.20 despegamos de Miami donde ha empezado a llover con fuerza sobre el suelo americano que ni siquiera hemos pisado. Sobrevolamos el istmo de Centroamérica sobre montañas de nubes blancas; parecen icebergs o grotescas montañas de algodón.


Al llegar a Guatemala capital son otra vez las 17:20, está atardeciendo, esta vez parece que de verdad. En Jaén ya es martes. Una mano femenina se agita a lo lejos como un abanico de bienvenida. Es Dolores, una guatemalteca auxiliar de enfermería, que nos da la bienvenida con una sonrisa que pone fin a nuestro cansancio. Junto a ella, Juan Valero, un empresario de Mancha Real que decidió convertir su jubilación en un júbilo solidario y que ha decidido vivir en Antigua y desde aquí, colaborar sin cansancio con nuestra ONG. Los saludos son cariñosos pero rápidos: hay que ir a la cinta a ver si están todos los contenedores de nuestro material. Respiramos cuando aparecen las primeras cajas con el anagrama de la asociación. Algunas de ellas, pocas, traen una marca húmeda de aceite: en el contenedor número 1 ha reventado una garrafa que, a pesar de ello se ha mantenido firme y no ha perdido más de un litro. Pero han llegado todos los paquetes, han salido ilesos de Miami: seguro que el Hermano Pedro les ha metido prisas en el cuerpo.


Nos esperan dos camionetas para los paquetes y dos furgonetas donde nos hacinamos. Tenemos que atravesar la noche de Guatemala, ciudad y capital. Caos circulatorio, la cara de las casas nos ha puesto en otro mundo. Pero las teas encendidas que portan algunos jóvenes sustituyendo a los semáforos en rojo, obligando a detenernos nos hacen aterrizar en la realidad. Estamos saliendo de la ciudad de Guatemala camino de Antigua. Don Lalo, un célebre conductor antigueño contestaba hace muchos años a la pregunta de cuánto tiempo gastaba de Guatemala a Antigua con la singular y contundente respuesta "dos puros y medio". Nosotros tardamos más, aunque autovía, los baches traqueteaban nuestros huesos hasta sacarlos de sitio, la humedad y la lluvia los iba entumeciendo. Cuando llegamos al hotelito La Quinta de las Flores, son las 21, a esa hora, en Mengíbar, mis alumnos están entrando a clase y me acuerdo de ellos. Nos quedan ganas para asearnos y juntarnos en el saloncito para brindar por las dos Quesadas y por Jaén. Unas latas de productos jienneneses nos ponen como en casa.


Es martes. A las 5:30 me despierta el cielo verde metalizado desde la ventana. Me desperezo y a las 6 me asomo a la ventana; tres volcanes recortan un paisaje de verdes intensos. He dicho las 6: mis alumnos están ya saliendo del colegio. A las 7:15 nos vamos todos hacia el hospital: la Obra Social de Hermano Pedro. La ciudad de Antigua es un hervidero de colores y movimiento. Los niños van camino de su escuela: el turno de mañana es a las 7:30; otros lo harán por la tarde. Los buses coloristas van repletos, pero en las esquinas se baja un joven que pregona a los viandantes que todavía queda sitio. Desde otras esquinas, también se pregona "Prensa libre", el periódico. Impactan las casas de una sola planta con fachadas de colores apastelados y todas las calles empedradas y desdentadas.


Cuando entramos en el hospital, a los cuatro miembros nuevos en esta expedición nos cambió la cara. Cientos de personas, venidas de toda la municipalidad de Quesada han sido traídas por sus "líderes" para ser atendidas por los médicos de la ONG. Sus rostros tienen el cansancio y la sonrisa, la paciencia y la esperanza. Así va a ser todos los días, llevan esperando casi un año esta llegada. Todos se disponen a desembalar los paquetes y a comenzar el trabajo. No hay tiempo que perder. Los miembros nuevos que viajamos somos invitados y conducidos por la Hermana Teresa , franciscana, para visitar el Centro de la Obra Social del Hermano Pedro. Aquí trabajan 200 sanitarios y 80 administrativos y personal de intendencia. Atienden a todo tipo de población con problemas de salud física o psíquica. Nunca he visto tanta concentración de dolor contenido, tampoco tanta humanidad y cariño en el trato.


Hemos venido a dar, pero es mucho más lo que vamos a recibir. Eloisa, la hija de Dolores, me lo ha dicho desde su embarazo de próxima madre: la solidaridad, si es sincera, ha de ser recíproca: da y recibe al mismo tiempo. Dentro de una hora nos marchamos cuatro al municipio de Quesada. Es la hora de mi escuela: de mi otra escuela. Ya os contaré.