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RADIOGRAFÍA DE LA ESCUELA EN LA QUEZADA GUATEMALTECA

EL ALIMENTO PARA LOS ALUMNOS ES LA PRIORIDAD DE LOS MAESTROS

Parte de la expedición de Quesada Solidaria elabora un informe sobre la situación y las necesidades de las aulas.  

A pesar de las dificultades, ninguno renuncia a su profesión: saben que el futuro de su país se construye desde la educación.
 
Parte de la expedición visita los colegios de las aldeas de la Quesada guatemalteca, con el fin de elaborar un informe sobre la situación y las necesidades de los centros escolares. Cuando nos presentamos, descubrimos que no saben dónde está España ni Europa, sean de primero o de sexto grado. Una maestra nos ha dado la pista: digánles que son de donde está el Real Madrid, Beckam o el Barcelona. Y sólo así observamos que parecen situarnos, quizás nos consideren ojeadores de esos equipos.

Están callados, expectantes. Les decimos que niños de lugar de España quieren escribirse con ellos, ayudarles, traerles libros, dinero para comer y, a lo mejor, también un balón. Y sonríen. Pero pronto dejarán de hacerlo: muchos abandonarán la escuela, conforme vayan creciendo, para ayudar a sus padres en la agricultura o la ganadería. Y entonces la vida y la emigración aparecerá con toda su crudeza.

Sobre sus mesas sólo se ve un lápiz y una libreta donde copian una larga poesía o unas cortas cuentas que hay en la pizarra. Apenas utilizan los libros de texto: ellos no pueden comprarlos y, por eso, el Gobierno entrega a los colegios un ejemplar de cada área para cada cuatro o cinco alumnos: son libros viejos y desgastados que todavía usan porque los maestros no se consideran preparados para utilizar los nuevos textos, los de la "reforma educativa". Todos ellos nos indican que serían necesarios cursos de actualización y capacitación profesional.

Y es que la formación inicial de los maestros es muy deficiente y el perfeccionamiento no está ni reconocido ni incentivado. Para ser un maestro guatemalteco ha tenido que seguir un proceso rápido y de bajo nivel: tras cursar los seis años obligatorios de Educación Primaria, ha optado por estudiar el Ciclo Básico (tres años equivalentes a una baja ESO) y hacer la especialidad de Magisterio dentro del Ciclo Diversificado. De esta forma, ha conseguido su título no mucho después de los diecisiete años, a veces antes.

En la escuela a donde vaya destinado habrá de permanecer toda su vida profesional, si es que ha conseguido la condición de fijo: no hay concursos de traslados.. Empezará ganando unas veintiseismil pesetas y, con los incrementos de sólo su antigüedad, no se jubilará con más de setenta y cinco mil. Si profesionalmente consigue un suplemento económico, habrá de hacerlo dando clases particulares, trabajando por las tardes en un colegio privado o preparando alumnos para el Ciclo Básico. De nada le servirá, si lo ha hecho, ampliar estudios de licenciatura en Pedagogía yendo los sábados a la Universidad del Departamento; como mucho, hará ostentar en uno de los dedos de su mano el voluminoso anillo de licenciado.

En ningún colegio hay dependencias complementarias: ni despacho de Dirección, ni biblioteca, ni comedor, ni cualquier tipo de salas. Tampoco les va a hacer falta. no tienen máquina de escribir, ni la computadora que todos anhelan, ni libros de lectura. Sólo tienen que conservar unas cuantas listas de alumnos que están escritas a mano.

Cuando preguntas a las maestras (cerca del 80% es mujer) qué es lo que más necesitan sus alumnos, todas coinciden en lo mismo: comida para que no caigan, como caen, desnutridos o sangrando en el suelo del propio colegio; letrinas arregladas y limpias para evitar infecciones; cercar el recinto escolar para que los animales no convivan con los niños; encementar el patio para que no se hagan daño porque juegan descalzos; pizarrones completos donde se pueda fijar la tiza cuando escriben; libros de texto para cada alumno; y mapas, y cuadernos, y más aulas y maestros para bajar las ratios... Cualquier cosa es todo para los que no tienen nada.

Y sin embargo, a pesar de la tristeza que barniza los rostros de los maestros y de la resignación paciente que ralentiza sus actos, se manifiestan dispuestos y esperanzados. Todos lamentan su bajo sueldo y nulo reconocimiento, pero ninguno renunciaría a la profesión que eligió: saben que el futuro de Guatemala o se construye desde la educación o este país no saldrá nunca del penúltimo lugar en el escalafón de los países americanos.

Un eslogan gubernamental lo dice claro: "La educación, la solución"; pero una realidad tan oscura, espesa y amenazante como las tormentas de todas las tardes, se empeña en demostrar que, mientras otros caminan cada vez más deprisa, a ellos, los guatemaltecos, los quesadeños en nuestro caso, les está costando cada vez más andar dentro del fango.