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Reconocimientos


Colegios solidarios

Camina descalzo más de un kilómetro diario para ir a la escuela por caminos de guijarros. Va ligero de equipaje, no tiene libros ni material escolar que llevar; allí le darán un lápiz y una libreta y tendrá que compartir con otros tres compañeros un viejo y descuadernado libro de texto. Se hará sitio en un descascarillado pupitre corrido y se pondrá a copiar de la pizarra un largo texto o una retahíla de cuentas que nunca le ayudarán a resolver sus verdaderos problemas. Es probable que hoy le toque ir por agua a un arroyo putrefacto o buscar leña para el desayuno escolar que le dan unos doce días al mes, a más no llega el dinero del gobierno. Sus maestros serán los mismos que han tenido y tendrán sus hermanos porque allí el que es maestro con oposiciones se jubilará en el mismo centro del primer destino. Su escuela, de desnudos bloques de cemento y tejado de latón, no tiene mapas: no hay más mundo que el de la aldea, el que ve en la televisión debe ser el paraíso de la otra vida; tampoco tiene reglas ni otros instrumentos de medida, no los va a necesitar: de mayor, la tierra que cultive u ocupe su vivienda le vendrá ya medida por uno de los tres terratenientes que de cada cien poseen el 70% de la tierra; tampoco tiene su escuela láminas con dibujos, ni biblioteca, ni siquiera una máquina de escribir. En el recreo jugará convirtiendo en pelota una bolsa de plástico rellena de trapos y papeles y sorteará su regate entre los cerdos que deambulan buscando por el patio las migajas de la miseria. Procurará aguantar sus esfínteres porque le asquean las letrinas del colegio, que, como la aldea, tampoco tiene agua corriente. Antes de volver a casa, si le ha correspondido por turno, tendrá que barrer y fregar su aula porque los maestros sólo están obligados a hacerlo si el aula es de preescolar.

Se trata de Quesada, pueblo de Guatemala con 25.000 habitantes, un núcleo urbano y diecinueve aldeas donde se agravan las terroríficas estadísticas del país: 1 de cada 4 guatemaltecos padece desnutrición crónica y vive con menos de un euro al día, el 35% de los niños no terminan la Educación Primaria, lo que supone que siga sin bajar el 40% de su índice de analfabetismo que llega al 53% cuando se refiere a las mujeres.

La ONG "Quesada Solidaria" nació con el compromiso de calmar el callado clamor de ese pueblo homónimo al jiennense y dedica sus mayores esfuerzos al desarrollo sanitario y educativo de la Quesada guatemalteca. Durante este mes de marzo escolares jiennenses, no sólo los veinte colegios que se han hermanado con los de allí sino otros tantos más, están realizando una campaña de recogida de material escolar para dignificar las condiciones educativas de aquella infancia. "Hasta que por justicia no tengan un colegio como el mío, consideraré mi derecho a la educación como un privilegio", me dijo la alumna de un IES cuando, celebrando el Día de Andalucía comprendió el lema que llevamos como escudo: Andalucía por sí, para España "y la humanidad".

Educar para salir del fango

La expedición jienennense comienza a visitar los colegios, con unas infraestructuras mínimas.

Las aldeas llevan poco tiempo funcionando con energía eléctrica y sería mucho lujo tener agua potable.

Los niños empiezan la jornada buscando leña o agua que les sirva para preparar el desayuno.


La tarde del martes 21 de septiembre abandonamos antigua, la ciudad más importante de Guatemala después de la capital. en ella queda el grueso de la expedición jiennense de la Ong "Quesada Solidaria". Junto a Carmen y Virginia, dos odontólogas de la ONG vasca D.O.A. que se han agregado a nosotros, Francisco Vico, como médico de atención familiar, y yo, como maestro, nos disponemos a trasladarnos al municipio guatemalteco de Quesada: su casco urbano y sus treinta y cinco aldeas suman unos veinticinco mil habitantes. De Antigua nos ha recogido don Carlos, el alcalde de Quesada, un independiente de centro derecha populista.

Nuestra conversación en el coche, durante las tres horas que tardamos en llegar a Quesada, lleva dos músicas de fondo: la que suena en la radio y la de la lluvia torrencial que durará tres o cuatro horas cada tarde. Cuando atisbamos unas luces picoteando un pueblo en la montaña, don Carlos señala nuestro destino y, con el mismo dedo, busca el dial de la radio local, Radio Cariñosa, "la más famosa" según la voz atiplada de una locutora que va satisfaciendo las peticiones de discos dedicados. Pronto el alcalde nos ruega silencio porque alguien ha empezado a opinar en la emisora: "Soy la directora del colegio Dolores Bedoya de Molina, y quiero manifestar al señor alcalde de nuestro Quesada el agradeciminto tan grande que tenemos por habernos concedido unos nuevos pizarrones y pintarnos el colegio, que ha quedado muy bonito". Tras un poquito más de música opinan lo mismo uun niño y un padre del colegio.

Cuando llegamos a Quesada, el alcalde se siente feliz: Paco Vico advierte de la nueva iluminación que señorean las principales calles. Es tan buena que permite acciones antes menos habituales: pasear por la noche los adultos, jugar a los jóvenes partidos de fútbol-sala en la plaza principal ante un gran número de espectadores espontáneos o correterar a los niños persiguiéndose por las calles.

Nuestra ONG pivota su labor solidaria en Quesada sobre dos pilares, el sanitario (que se lleva desarrollando desde hace tres años) y el educativo, que empezó el pasado curso conel envío de material y correspondencia escolar, y que en este viaje viene a mantener un primer contacto directo con la realidad de la zona y a elaborar un infrome de situación y necesidades.

Para posibilitar este contacto y estudio el alcalde ha puesto a nuestra disposicion, de lunes a viernes, un vehículo con conductor. En unos casos, Paco pasará consulta médica en la aldea mientras yo visito el centro escolar, en la mayoría visitaremos los dos el colegio: él hará el reportaje fotográfico mientras yo hablo con los maestros y niños y recojo los datos. Los caminos para llegar a las aldeas (ninguna de ellas as más de seis kilómetros del núcleo urbano) son carriles irregulares de tierra y piedras, cuyas griets suelen ser tan profundas que hay que utilizar la marcha primera para avanzar lentamente sobre ellas: no nos da tiempo a ver más de tres aldeas en las cinco horas lectivas. La lentitud del vieja nos permite ver mejor la vida que se proyecta en la enneagrecida fachada de las viviendas familiares, situadas a ambos lados de los carriles: un porche de lámina de chapa introduce a una o dos estancias levantadas con adobe o bloques (cocina, salón-dormitorio). Bajo el porche, los hombres de la casa "platican" sentados en un poyato mientras las mujeres se afanan en la cocina o lavando la ropa restregándola sobre una piedra. Hay niños que corretean, no han ido hoy a la escuela.

Las aldeas llevan poco tiempo electrificadas con correiente de 125 W; ello permite que la mayoría de las viviendas dispongan de una triste bombilla y de un televisor que impone el fútbol como pantalla casi fija. Pero no tiene agua corriente: han de transportarla a hombros o sobre la cabeza desde la fuente más cercana. Sería mucho lujo eso del agua corriente en una aldea cuando tampoco la tiene el pueblo, que solo ve agua (no potable) por sus cañerías una vez cada tres o cuatro días. No es extraño, por tanto, ver en las casas unas garrafas de agua pura con la elocuente marca de "Salvavidas".

La población escolar de Educación Primaria del municipio y las aldeas alcanza a 3.195 alumnos, de sesi a doce años. Sólo cinco centros tienen un aula de Preescolar. Si, Guatemala tiene una población muy jóven y continúa creciendo muy rápidamente: en esta zona, la media de hijos por familia está en cinco y bastantes superan los diez.

La jornada escolar comienza a las 7,30 horas y termina a las 12,30. Pero esa es la teoría; la práctica normaliza la llegada tarde de los alumnos a clase, que los maestros esperen a la puerta, que los niños salgan a buscar leña y agua para el desayuno y que terminen incluso media hora antes para "aliviar" el regreso a casa. San Fernando, la primera aldea que visitamos, tiene 95 alumnos en tres aulas; la segunda, El Retiro, alberga 308 en nueve. Lógicamente, la mayoría de las aulas albergan alumnos de dos o tres cursos: 66 alumnos de 4º y 6º están en un aula de El Jocote, 49 en una de Potrerillos, 59 en el 2º de El Tule, 49 de 2º y 3º en Bordo Alto. Aunque hay aulas de 50 metros cuadrados , hay otras de 12 metros donde no se pueden mover los 32 alumnos de Las Ceibitas. Sólo un par de aulas por centro suelen "lucir" una bombilla, menos mal que entra algo de luz natural por los reducidos ventanales. La construcción es de bloques no siempre pintados y, sobre ellos, un tejado de planchas metálicas. Los alumnos están sentados tan apretadamente que a lo mejor están tan callados porque ni espacio tienen para mover la boca. Se sientan en viejas y sucias sillas y se apoyan en mesas bajitas y reducidas si es que no son de pala fija.

Cuando hemos ido a cualquier colegio hemos visto la misma secuencia: alumnos tomando la "refacción" (desayuno escolar de cualquier cereal diluido en agua o leche en polvo) para la que el gobierno dota al centro de unas veinte pesetas por alumno, per que solo llega a unos 12 desayunos al mes. Este desayuno lo elaboran por turnos, dos madres de la comunidad con el agua turbia y la leña para calentar que algunos alumnos acercan desde el arroyo o consiguen con las ramas secas de los árboles. Son niños desnutridos que los padres mandan al colegio para que coman algo antes de que para que aprendan. Después de la refacción juegan al fútbol en un patio sin encementar. la mayoría miran a los que juegan, casi siempre descalzos, para no romper las zapatillas que han dejado en un rincón. Otros corretean entre el cerdo o el perro que han pasado al patio sin cercar desde la vivienda de los vecinos. Junto a unas letrinas, inmundas y sin puerta, hay estercoleros donde cerdos y gallinas parecen tomar también su refacción. Esta vez el recreo va a ser mas corto porque han llegado unos maestros españoles para visitar el colegio.
 

El testimonio de un voluntario

Cuando el autobús de Quesada quiso entrar a la calle Federico del Castillo, a las 6,30 del pasado lunes, para acceder a la cochera donde aguardaban 69 paquetes de material sanitario y pedagógico para traer a Antigua y a la municipalidad guatemalteca de Quesada, no lo pudo hacer: los coches aparcados no lo permitían. Hubo que acercarlos al autobús en coches y a mano. Ruido de maletas por la calle: más de un vecino recordó que eran las seis y media de la mañana. Pero, algunos ya llevábamos los relojes en otra hora. O con la ruedecilla preparada para ir cambiando de hora a lo largo del día. A las 7 enfilamos el Gran eje hacia el aeropuerto de Granada: el miedo y el nerviosismo a que no aceptaran el sobrepeso o nos hicieran pagar lo indecible, se reflejaba en todos los rostros. El viaje anterior hizo de Barajas un infierno. Si el sobrepeso era visionado con la vista gorda, no habría problemas hasta Miami. Los controladores de Iberia se hicieron cómplices, se hicieron solidarios: hay muchas formas de colaborar con esta ONG. 1.100 kilos facturados. Ya en el avión, el comandante de vuelo saluda a la ONG y le felicita por su compromiso. Los que la vez anterior salieron de Barajas no daban crédito, todavía tenían ardores de esa vez. El avión despega a las 12.35. En el vientre de ballena de ese avión de Iberia van 400 personas con su equipaje..y nuestros paquetes: es el Tirso de Molina de Iberia, el más grande. El día es espléndido hasta sobrevolar Galicia. El Atlántico, sin embargo, está cargado de nubes.


De Madrid a Miami tardamos 9 horas. Cuando llegamos eran las 15.20, nos habían dado de cenar en el avión y ahora resulta que descendemos en la sobremesa. En el avión nos han dado unos formularios rigurosos que hemos de cumplimentar si no queremos tener problemas en el control de pasajeros del aeropuerto de Miami, en el que todo es silencio y control. No se escuchan ni los pasos, están cubiertos de moqueta por todos los suelos. La gente habla bajo, muy bajo. Respeto o miedo a tener algún problema. Nuestro problema ya no está en los pasaportes ni en los formularios, está en los contenedores. Repletos de medicinas y material quirúrgico, tememos que los abran y los retengan. No tenemos muchas ganas de reír, pero un chiste de Manolo nos obliga a hacerlo tan ostentosamente que la gente mira al grupo con asombro. A las 17.20 despegamos de Miami donde ha empezado a llover con fuerza sobre el suelo americano que ni siquiera hemos pisado. Sobrevolamos el istmo de Centroamérica sobre montañas de nubes blancas; parecen icebergs o grotescas montañas de algodón.


Al llegar a Guatemala capital son otra vez las 17:20, está atardeciendo, esta vez parece que de verdad. En Jaén ya es martes. Una mano femenina se agita a lo lejos como un abanico de bienvenida. Es Dolores, una guatemalteca auxiliar de enfermería, que nos da la bienvenida con una sonrisa que pone fin a nuestro cansancio. Junto a ella, Juan Valero, un empresario de Mancha Real que decidió convertir su jubilación en un júbilo solidario y que ha decidido vivir en Antigua y desde aquí, colaborar sin cansancio con nuestra ONG. Los saludos son cariñosos pero rápidos: hay que ir a la cinta a ver si están todos los contenedores de nuestro material. Respiramos cuando aparecen las primeras cajas con el anagrama de la asociación. Algunas de ellas, pocas, traen una marca húmeda de aceite: en el contenedor número 1 ha reventado una garrafa que, a pesar de ello se ha mantenido firme y no ha perdido más de un litro. Pero han llegado todos los paquetes, han salido ilesos de Miami: seguro que el Hermano Pedro les ha metido prisas en el cuerpo.


Nos esperan dos camionetas para los paquetes y dos furgonetas donde nos hacinamos. Tenemos que atravesar la noche de Guatemala, ciudad y capital. Caos circulatorio, la cara de las casas nos ha puesto en otro mundo. Pero las teas encendidas que portan algunos jóvenes sustituyendo a los semáforos en rojo, obligando a detenernos nos hacen aterrizar en la realidad. Estamos saliendo de la ciudad de Guatemala camino de Antigua. Don Lalo, un célebre conductor antigueño contestaba hace muchos años a la pregunta de cuánto tiempo gastaba de Guatemala a Antigua con la singular y contundente respuesta "dos puros y medio". Nosotros tardamos más, aunque autovía, los baches traqueteaban nuestros huesos hasta sacarlos de sitio, la humedad y la lluvia los iba entumeciendo. Cuando llegamos al hotelito La Quinta de las Flores, son las 21, a esa hora, en Mengíbar, mis alumnos están entrando a clase y me acuerdo de ellos. Nos quedan ganas para asearnos y juntarnos en el saloncito para brindar por las dos Quesadas y por Jaén. Unas latas de productos jienneneses nos ponen como en casa.


Es martes. A las 5:30 me despierta el cielo verde metalizado desde la ventana. Me desperezo y a las 6 me asomo a la ventana; tres volcanes recortan un paisaje de verdes intensos. He dicho las 6: mis alumnos están ya saliendo del colegio. A las 7:15 nos vamos todos hacia el hospital: la Obra Social de Hermano Pedro. La ciudad de Antigua es un hervidero de colores y movimiento. Los niños van camino de su escuela: el turno de mañana es a las 7:30; otros lo harán por la tarde. Los buses coloristas van repletos, pero en las esquinas se baja un joven que pregona a los viandantes que todavía queda sitio. Desde otras esquinas, también se pregona "Prensa libre", el periódico. Impactan las casas de una sola planta con fachadas de colores apastelados y todas las calles empedradas y desdentadas.


Cuando entramos en el hospital, a los cuatro miembros nuevos en esta expedición nos cambió la cara. Cientos de personas, venidas de toda la municipalidad de Quesada han sido traídas por sus "líderes" para ser atendidas por los médicos de la ONG. Sus rostros tienen el cansancio y la sonrisa, la paciencia y la esperanza. Así va a ser todos los días, llevan esperando casi un año esta llegada. Todos se disponen a desembalar los paquetes y a comenzar el trabajo. No hay tiempo que perder. Los miembros nuevos que viajamos somos invitados y conducidos por la Hermana Teresa , franciscana, para visitar el Centro de la Obra Social del Hermano Pedro. Aquí trabajan 200 sanitarios y 80 administrativos y personal de intendencia. Atienden a todo tipo de población con problemas de salud física o psíquica. Nunca he visto tanta concentración de dolor contenido, tampoco tanta humanidad y cariño en el trato.


Hemos venido a dar, pero es mucho más lo que vamos a recibir. Eloisa, la hija de Dolores, me lo ha dicho desde su embarazo de próxima madre: la solidaridad, si es sincera, ha de ser recíproca: da y recibe al mismo tiempo. Dentro de una hora nos marchamos cuatro al municipio de Quesada. Es la hora de mi escuela: de mi otra escuela. Ya os contaré.
 

EL DOLOR EN EL PAÍS DE LA ETERNA PRIMAVERA

CRÓNICA DE LA ATENCIÓN SANITARIA DE UNA ONG JIENNENSE
La vida en las aldeas indígenas de Patzún (occidente de Guatemala) no es fácil. Los guatemaltecos están condenados nada más nacer, sobre todo, si se es mujer. La realidad educativa y sanitaria es deprimente.

Si la criatura que nace es un varón, las comadronas o parteras de las aldeas indígenas de Patzún (en el occidente de Guatemala) cobran unos 200 quetzales (veinte euros); si es mujer, hacen un gesto de contrariedad a la familia y aceptan como propina la voluntad. Nada más nacer, la vida empieza a teñirse de luto para todos los guatemaltecos; si es mujer, el negro es más intenso y precipitado, casi de mortaja.

María Candelaria, por ejemplo, no quiere ni oír hablar de hombre, ni mucho menos sueña con casarse algún día, los odia: su madre, cuando era niña, fue violada por el abuelo hasta el punto de haber tenido siete hijos de su propio padre; hace unos días ha muerto de un cáncer encefálico dejando otros 6 hijos más, éstos de un marido ya muerto por alcoholismo. Ella, se encarga ahora de medio cuidar y mal alimentar a los hermanos. La más pequeña sonríe sobre una alfombrita en el orfanato "Corpus Christi" que regenta la hermana Reina, franciscana. Esperamos a que termine de hablar con un joven de raza quiché, triste y cabizbajo. Tras el saludo, y a lo largo de la conversación nos dará la clave de la última visita: "Ha venido a traernos a su hijita recién nacida. Ayer murió de parto su esposa y él no puede mantenerla". Aquí la vida está en manos del abandono y de la muerte, y estos son unos dueños muy exigentes.

Hospital de Jutiapa.

El único Hospital del departamento o provincia de Jutiapa (en el Oriente de Guatemala), al que pertenece la municipalidad de Quesada, atiende a una población de trescientos mil habitantes en menos de 200 camas. Cuando nos bajamos del coche con intención de visitarlo, ya la noche tizna su cara: ni una luz eléctrica ilumina la fachada de su única planta. La que recibe la calle la proporcionan cuatro comercios de cajas fúnebres que exhiben su producto, en oferta, clasificado en tallas: hay cajitas blancas de todos los tamaños; la guadaña de la muerte parece cosechar frutos muy tempranos. Sólo otro negocio incrusta una modalidad entre ellos: es la sala de velaciones " La Gloria ". Enfrente, a un paso de " La Gloria " está el hospital. Antes de entrar, dejamos salir a una destartalada camilla sobre la que yace un cadáver tapado con una manta.

Después de más de media hora de espera, pacientes y cansados tras un largo día de trabajo, el director del hospital accede a recibirnos. Esta noche está de guardia junto a otros dos compañeros. Le informamos de los objetivos y ámbito de nuestra ONG y accede a mostrarnos el hospital no sin cierta sorna: "Por aquí pasan bastantes como ustedes, que prometen ayudarnos en algo o volver de nuevo; pero olvidan pronto sus palabras". Y comienza una visita por los barracones de las diferentes salas: por los suelos que no están encementados circulan las cucarachas con la misma facilidad con la que también lo hacen por otras salas de baldosas desgastadas; las paredes desconchadas, con una viejísima pintura, muestran grietas profundas que descienden caprichosas como las líneas de los mapas; las "cortinas", parecen ser trozos de sábanas viejas, pendientes de unas anillas oxidadas; En algunas de las camas metálicas se ven dos enfermos compartiendo una sola; una bombilla desnutrida pone el punto luminoso en unas salas mientras que en otras lo hace una raya pálida que parpadea. Los enfermos, todos a lo largo de una sala corrida y sin separación, reposan en la paz de un colchón de borra. El instrumental es básico y aguarda al aire libre en estanterías repintadas. No vemos personal de limpieza: debe ser porque las sombras hacen el turno de la noche o porque no es necesario más que las tres horas al día en que el hospital "goza" de agua corriente. "Esas dos vitrinas nos las regalaron miembros del ejército americano una vez que pasaron por aquí", comenta el director cuando nos sorprendemos del único mobiliario moderno que encontramos en el hospital. Al despedirnos recogemos el alma que hemos ido arrastrando por los suelos. El director se sincera con nosotros: "A lo mejor una buena reforma podría dignificar el edificio". Francisco Vico, el médico jiennense que va a su lado junto a dos odontólogas vascas, lo tiene más claro: "La pala, meter la pala es la única solución". Y prometemos al director que nuestra ONG no podrá realizar intervenciones en ese hospital mientras no reúna las condiciones mínimas. Cuando salimos, a las diez de la noche, nos vuelven a iluminar las tiendas de cajas fúnebres: las miramos y parece que les vemos dentro algunos rostros que antes hemos visto encamados.

Sólo se puede construir reconstruyendo un sistema sanitario tan anacrónico y levantando un andamio de solidaridad internacional que, coordinado por el propio gobierno del país siente las bases de una revolución sanitaria. Una cosa hemos sacado clara: desde el consultorio de nuestra ONG los enfermos de Quesada no serán remitidos al hospital de Jutiapa; si han de necesitar intervenciones quirúrgicas serán derivados al hospital de las Obras Sociales del Hermano Pedro, en Antigua, aunque haya que pagar el viaje al enfermo y la estancia a sus familiares.

El consultorio.

El domingo día 26 de septiembre, se inauguró la ampliación del consultorio de atención Primaria que nuestra ONG mantiene activo doce horas diarias, de lunes a viernes, durante todo el año. En él se atiende gratuitamente, desde hace dos años, a cualquiera de los tres mil habitantes de la municipalidad de Quesada que carecen de recursos. Unos días se trabaja en el propio consultorio; otros, el doctor D. Ludwig Sagché y su auxiliar Flori (profesionales guatemaltecos, también contratados por la ONG ) se desplazan a las aldeas para atender a los habitantes que aguardan su llegada, coordinados por los líderes comunitarios. Es esta infraestructura de atención el núcleo principal y aglutinador de nuestra atención solidaria. Alrededor de 60 quesadeños son atendidos diariamente durante todo el año. Estos días, sin embargo, la atención se ha multiplicado: Francisco Vico ha compartido servicios con su compañero guatemalteco; además, dos odontólogas de la ONG vasca D.O.A. (Salud para todos) han estrenado la ampliación atendiendo a la patología dental de unas cuatrocientas personas: una atención, ésta última que, con otros odontólogos vascos, mantendrá su continuidad hasta finales de este mes de octubre. La segunda función importante que se lleva desde el consultorio es el envío al Hospital de la Obra Social del Hermano Pedro de aquellos enfermos que necesitan intervención quirúrgica urgente, así como de la selección de pacientes que pueden esperar para ser operados durante la estancia en Antigua del equipo quirúrgico de la ONG.

Un hospital digno.

Los enfermos de Quesada son atendidos en este dignísimo hospital fundado por el franciscano Fray Guillermo Bonía hace ahora 25 años. Está coordinado por frailes y monjas también franciscanas, y en él trabajan 12 sanitarios y unos 150 auxiliares y cuidadores. Enormes colas de pacientes enfermos, en un silencio sobrecogedor y una paciencia atemperada en las aguas de la esperanza, aguardan su atención o ingreso. En estos días, en los que el equipo médico de la ONG ha trabajado de solo a sol, la masificación no ha tenido más remedio que soportarse; pero en nada ha disminuido la calidad y generosidad de un servicio ejemplar en unas condiciones, aquí, sí, dignas y limpias a pesar de la pobreza que rezuman.

Conclusión.

El 1 de octubre acabó nuestra presencia en esta zona guatemalteca donde actúa la ONG. Nos sentimos orgullosos del trabajo realizado en estas dos semanas como felices por haber alcanzado todos los objetivos previstos para este viaje. Pero también nos sentimos dolorosamente conscientes y abatidos: la realidad educativa y sanitaria guatemalteca y, concretamente en Quesada, es tan deprimente que, a veces, pensamos que esto no tendrá una solución definitiva si no ocurre una transformación radical de las estructuras políticas, administrativas y culturales de este país. Hasta entonces quizás sólo se pueda hacer lo que estamos haciendo: calmar la sed a vasitos de agua hasta que se construya el embalse socioeconómico que garantice el digno futuro que este país reclama a gritos desde los ojos esperanzados de unos niños y unos jóvenes que no alcanzan a ver nìtidamente un cambio próximo. En ellos está el futuro y el progreso de este país, a ellos ha de ir nuestro esfuerzo solidario. El nuestro y, esperamos, el de toda la sociedad jiennense.

RADIOGRAFÍA DE LA ESCUELA EN LA QUEZADA GUATEMALTECA

EL ALIMENTO PARA LOS ALUMNOS ES LA PRIORIDAD DE LOS MAESTROS

Parte de la expedición de Quesada Solidaria elabora un informe sobre la situación y las necesidades de las aulas.  

A pesar de las dificultades, ninguno renuncia a su profesión: saben que el futuro de su país se construye desde la educación.
 
Parte de la expedición visita los colegios de las aldeas de la Quesada guatemalteca, con el fin de elaborar un informe sobre la situación y las necesidades de los centros escolares. Cuando nos presentamos, descubrimos que no saben dónde está España ni Europa, sean de primero o de sexto grado. Una maestra nos ha dado la pista: digánles que son de donde está el Real Madrid, Beckam o el Barcelona. Y sólo así observamos que parecen situarnos, quizás nos consideren ojeadores de esos equipos.

Están callados, expectantes. Les decimos que niños de lugar de España quieren escribirse con ellos, ayudarles, traerles libros, dinero para comer y, a lo mejor, también un balón. Y sonríen. Pero pronto dejarán de hacerlo: muchos abandonarán la escuela, conforme vayan creciendo, para ayudar a sus padres en la agricultura o la ganadería. Y entonces la vida y la emigración aparecerá con toda su crudeza.

Sobre sus mesas sólo se ve un lápiz y una libreta donde copian una larga poesía o unas cortas cuentas que hay en la pizarra. Apenas utilizan los libros de texto: ellos no pueden comprarlos y, por eso, el Gobierno entrega a los colegios un ejemplar de cada área para cada cuatro o cinco alumnos: son libros viejos y desgastados que todavía usan porque los maestros no se consideran preparados para utilizar los nuevos textos, los de la "reforma educativa". Todos ellos nos indican que serían necesarios cursos de actualización y capacitación profesional.

Y es que la formación inicial de los maestros es muy deficiente y el perfeccionamiento no está ni reconocido ni incentivado. Para ser un maestro guatemalteco ha tenido que seguir un proceso rápido y de bajo nivel: tras cursar los seis años obligatorios de Educación Primaria, ha optado por estudiar el Ciclo Básico (tres años equivalentes a una baja ESO) y hacer la especialidad de Magisterio dentro del Ciclo Diversificado. De esta forma, ha conseguido su título no mucho después de los diecisiete años, a veces antes.

En la escuela a donde vaya destinado habrá de permanecer toda su vida profesional, si es que ha conseguido la condición de fijo: no hay concursos de traslados.. Empezará ganando unas veintiseismil pesetas y, con los incrementos de sólo su antigüedad, no se jubilará con más de setenta y cinco mil. Si profesionalmente consigue un suplemento económico, habrá de hacerlo dando clases particulares, trabajando por las tardes en un colegio privado o preparando alumnos para el Ciclo Básico. De nada le servirá, si lo ha hecho, ampliar estudios de licenciatura en Pedagogía yendo los sábados a la Universidad del Departamento; como mucho, hará ostentar en uno de los dedos de su mano el voluminoso anillo de licenciado.

En ningún colegio hay dependencias complementarias: ni despacho de Dirección, ni biblioteca, ni comedor, ni cualquier tipo de salas. Tampoco les va a hacer falta. no tienen máquina de escribir, ni la computadora que todos anhelan, ni libros de lectura. Sólo tienen que conservar unas cuantas listas de alumnos que están escritas a mano.

Cuando preguntas a las maestras (cerca del 80% es mujer) qué es lo que más necesitan sus alumnos, todas coinciden en lo mismo: comida para que no caigan, como caen, desnutridos o sangrando en el suelo del propio colegio; letrinas arregladas y limpias para evitar infecciones; cercar el recinto escolar para que los animales no convivan con los niños; encementar el patio para que no se hagan daño porque juegan descalzos; pizarrones completos donde se pueda fijar la tiza cuando escriben; libros de texto para cada alumno; y mapas, y cuadernos, y más aulas y maestros para bajar las ratios... Cualquier cosa es todo para los que no tienen nada.

Y sin embargo, a pesar de la tristeza que barniza los rostros de los maestros y de la resignación paciente que ralentiza sus actos, se manifiestan dispuestos y esperanzados. Todos lamentan su bajo sueldo y nulo reconocimiento, pero ninguno renunciaría a la profesión que eligió: saben que el futuro de Guatemala o se construye desde la educación o este país no saldrá nunca del penúltimo lugar en el escalafón de los países americanos.

Un eslogan gubernamental lo dice claro: "La educación, la solución"; pero una realidad tan oscura, espesa y amenazante como las tormentas de todas las tardes, se empeña en demostrar que, mientras otros caminan cada vez más deprisa, a ellos, los guatemaltecos, los quesadeños en nuestro caso, les está costando cada vez más andar dentro del fango.

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